Ayer detesté el amor, las cosas bonitas, las miradas de complicidad y esos juegos cargados de caricias. También odié los despertares refugiada en ti, los mordiscos en el cuello y las cosquillas en las rodillas. No creía en los duetos, ni en el bis a bis, ni en las parejas, ni en nada que se relacionara con el número dos.
Ayer logré subir al Olímpo pero subí sola. Subía resplandeciente, vacía por dentro aunque hambrienta por fuera. Y de repente...se me fue el hambre. De repente... no quise volver a sentir nada. De repente...tus besos ya no sabían a gloria. De repente... comprobé el dicho de que “nada es para siempre”. De repente... no quise saber nada del invierno, ni del nórdico, ni de sus lluvias. De repente... me reí de las mariposas y del brillo en los ojos. Y de repente... supe que siempre había detestado el amor.
Nunca quise formar parte de ese dos. Me asusté pero bailé. Volví a pensarte y volví a detestarte.
